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     Un tipo particular de sentimiento ha sido considerado a menudo como una fuente de conocimiento: la intuición. La palabra intuición deriva del latín,  y significa mirar hacia dentro o contemplar. Las intuiciones no son lo mismo que las emociones fuertes, como el amor o el odio. Pero como se las considera más bien cuestión de sentimientos que de razonamientos, se parecen a un tipo particular de sensación, e incluso de emoción.

 

    La intuición es un sentimiento que nos hace pensar o creer algo, aunque no tengamos todos los datos para llegar a esa conclusión. Está basada en inferencias y deducciones, es decir, tomamos partes de una realidad que conocemos hasta cierto punto, e intentamos rellenar los huecos que quedan vacíos, con la experiencia pasada, o con los patrones o secuencias que nos parecen aplicables a la situación. En realidad, se trata de rellenar vacíos sobre los que no disponemos de verdadera información.

 

     La palabra “intuición” se suele asociar con el momento ajá en el que vemos interiormente la solución a un problema sin ser conscientes de haber hecho un proceso de razonamiento. Seguramente conoces la historia de Arquímedes (287-212 a.J.C.), que dio con su famoso principio en la bañera. Tan entusiasmado estaba, que salió corriendo desnudo por la calle gritando ¡Eureka! ¡Eureka! (¡Lo encontré!). Probablemente te haya pasado algo parecido cuando de repente se te ocurre la solución de un problema. La diferencia entre no saber cómo resolverlo y tener de repente la respuesta es un misterio, y no hay una explicación sobre cómo funciona la intuición.

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